El concepto de la traición está irremediablemente unido al de la memoria: no se puede traicionar lo que no se conoce, no se puede conocer lo que no se recuerda. El conocimiento es información que perdura en el tiempo: al anecdótico, individual, lo llamamos vida; al comunitario, multigeneracional, lo llamamos cultura.
La traición de la memoria
La memoria es, a su vez, traicionera, ¿Quién me dijo qué? ¿Cómo se llamaba este? ¿Por qué discutíamos? ¿Dónde puse las llaves? ¿Dónde dejé mis principios? El cerebro tiene la mala maña de obviar lo que no necesita, filtrar la realidad para hacerla consumible. En condiciones normales, el simple hecho de caminar es un sistema complejo de evasiones: el camino no tiene información más allá de su topografía inmediata: escalones, accidentes, límites de asfalto y la ocasional aparición de un perro, mierda o unas piernas bonitas, todo lo demás sobra; cada paso depende de que no nos abrume la multiplicidad de colores que compone cualquier gris, de que no seamos conscientes de la distancia que recorre el pie mientras se balancea y deja al cuerpo huérfano sobre otro punto de apoyo, una peonza estática que sin embargo no se cae. Lo necesario es andar porque la orden, una vez dada, se convierte en ley, no es necesario ver ni basura, ni belleza, ni miseria.
La necesidad esencial del cerebro individual es sobrevivir, para lo cual necesita relativamente poco: una cantidad adecuada de oxígeno y glucosa, un corazón que haga su trabajo y la menor cantidad de trauma físico posible. El cerebro no necesita saber para vivir, el conocimiento es algo incidental, cuando tiene aplicaciones prácticas es útil y por útil se repite, cuándo es necesario para sortear un peligro perdura lo mismo que el peligro. Cuándo sus aplicaciones son imprácticas pero placenteras, también es útil (el placer propio siempre lo es) y por útil también se repite; la repetición multiplica las posibilidades de que la información permanezca y se convierta entonces en conocimiento/vida/cultura. La información que no cumpla con estas condiciones o no se repita con suficiente ahínco está condenada al olvido, virtualmente a la inexistencia, ha sido traicionada por la memoria.
La memoria de la traición
La existencia de la traición requiere primero del conocimiento del traidor y la única condición previa del traicionado es la vulnerabilidad. Sin vulnerabilidad no hay traición, por eso no se puede traicionar algo, solo se puede traicionar a alguien, quien traiciona una ley, en tanto consenso social, traiciona a sus congéneres, quien traiciona sus principios se traiciona a sí mismo; la vulnerabilidad del otro es inherente a la confianza que exige la convivencia, la vulnerabilidad íntima es absoluta e inalienable incluso cuando no se reconoce.
Cuando cambia el tiempo duelen las cicatrices, visibles e invisibles, también duelen con la música, las fechas, el alcohol y el sueño. En esa arqueología casual del propio cuerpo que a veces surge al momento de ducharse, cualquiera descubre en un fragmento de piel lisa y sin pelo algún episodio de una niñez que parecía haberle ocurrido a otra persona: la caída de la bicicleta, la mordedura del perro y más tarde, ya traspuesto el vano atemporal de una puerta invisible, se sienta en una silla que no existe a contemplar un rostro que no está, o escucha un roer de palabras abriéndose paso entre la costra de años de cauterización.
La memoria colectiva suele externalizarse en el medio ambiente, la memoria del pueblo se queda en las paredes de sus casas derruidas, la de la calle en sus aceras, la de la ciudad en sus dendríticas avenidas y sus calcificados edificios. Las cicatrices colectivas rara vez hacen costra, o bien se mantienen vivas, hirientes, o son erosionadas al mismo ritmo que el resto de la piel.
La memoria de la traición subyace, sin embargo, no hay estado de mayor vulnerabilidad que la esperanza y la esperanza colectiva es la más fácilmente traicionable; infinitamente heterogénea, vista de lejos se revuelve en una amalgama de felicidad y confort, saturada a veces de un egoísmo aniñado que de tan candoroso resulta casi entrañable, y algunas vetas de solidaridad que se asoman como cicatrices de un cuerpo que se rehúsa a olvidar lo que fue.
La traición a la memoria
Cada tanto me asalta un miedo recurrente: el libro 1984 sucedió, lo creemos una ficción porque ha sido prescrito así, existe solo para constatar su carácter ficticio, la verdad está envuelta en una mentira envuelta en una verdad.
Las cicatrices anclan el recuerdo, el recuerdo de lo que fuimos es la memoria del por qué seremos, quien quiera moldear lo que seremos tendrá entonces que borrar las cicatrices, ocultarlas al menos con mucha cosmética. Es una empresa absurda, condenada al fracaso, no se puede erradicar sin hacer una cicatriz aún mayor, la herida vieja de la bicicleta desaparece tras amputada la pierna pero el muñón dolerá aún más. Lo inteligente (y son muy inteligentes) es cambiar el origen de la cicatriz: no te caíste de la bicicleta, fue de un columpio, solo es necesario repetir, solo es necesario execrar una versión en pos de la otra.
Con la industrialización de la producción cultural esa información colectiva, perdurable, sufrió el mismo fenómeno que cualquier otro bien masificado: sobre stock y encontró la respuesta a ese sobre stock de la misma manera que la encontraron los bienes materiales, el conflicto, la destrucción periódica del bien cultural para hacer hueco a más producto.
Qué fácil es traicionar a la memoria, la popular, la propia, la universal. Nos han convencido de que el recuerdo es enemigo del futuro, de que olvidar es más útil, más salubre y hasta más generoso que aferrarnos tercamente al pasado, así es posible pensar que la masacre en Palestina empezó a raíz del 7/10/23, que en Venezuela solo ha gobernado la actual cúpula indigna y traidora que se hace llamar de izquierda, que la prosperidad de una parte del mundo no tiene nada que ver con lo siglos de miseria de otra.
El mantra de la felicidad que se suele esgrimir es “vive el presente, el momento”, no lo pongo en duda aunque me cueste practicarlo; pero ante la pregunta del ser, el ahora me parece insuficiente, el “soy” es inaprehensible, mi conciencia solo me permite saber lo que fui, imaginar lo que seré.
Íntima, egoístamente, me resulta urgente, necesario de esa manera que fija el conocimiento, sentir mis cicatrices, las mías y las de mis fantasmas, hurgar mezquinamente con la uña, como un niño que no sabe estarse quieto y se da y se da hasta que arranca la costra y vuelve a sangrar. Muchas veces me es difícil, a fin de cuentas en mis deseos también está, como en los de cualquier persona, esa amalgama infantil de felicidad y confort, ese candor egoísta y una veta de solidaridad que nunca es todo lo que debería ser; sin embargo hurgo, a veces arde, a veces lloro, pero solo entonces, brevemente, creo atisbar lo que soy.