VIEJOS RECUERDOS

- ¿Mamá continua lloviendo?

- ¡Si hijo! y cada vez más fuerte…

 

Inmediatamente mis pensamientos volaron junto a mi hermano mayor, como queriendo escudriñar que estaba sucediendo, cerciorarme que tan iluminada estaba la habitación donde apenas hacía unos instantes había nacido un hombrecito de los de verdad, de esos que llevan el brillo en los ojos y la chispa de la claridad en el ADN, los que disfrutamos desde el mismo momento en que son capaces de balbucear algún ruido que pretende articularse en palabra, porque apenas abren sus limpios labios, sabemos que van a dejar una huella eterna.  El tiempo y la vida, luego se encargarían con creces de ratificarme el porqué esa emoción, ese sobresalto que sentí la primera vez que lo vi y lo tuve en mis brazos.

Así pudiera perfectamente comenzar el relato de la vida de una de las más maravillosas personas que he podido conocer hasta hoy.  Aunque les cueste creerlo, aún recuerdo perfectamente ese día en que nació Ramzor Ernesto, tan nítido como me llega el recuerdo del primer libro que leí, la primera vez que fui al cine a ver una bazofia de Disney que se llama “La Ciudadela de los Robinsón”, en el teatro Radio City de Sabana Grande en Caracas, fui con mi mamá y mis hermanos porque mi tío Ulpiano era el administrador y nos dejaba entrar sin pagar los boletos; recuerdo nítidamente el día de su nacimiento, como evoco mi primer partido de baseball, yo temblando de miedo en el right field, deseando que no dieran un batazo que me obligara a participar; o cuando tuve mi primer salto entre dos y vestía un short que otrora había sido blue Jean y que ahora con las piernas cortadas pretendía ser pantaloneta, combinado con una camiseta blanca marca ovejita, de las llamadas guarda camisas porque se usan debajo, tenía además un flamante número 7 en la espalda pintado con un marcador negro, fue en la cancha de asfalto que está detrás del Bloque 6 en mi querido barrio Simón Rodríguez al norte de Caracas,  ese día y para siempre quedé prendado de placer, de goce, de delectación por el baloncesto, el deporte más sublime, más soberbio, más hermoso que puede existir, que no da espacio a la monotonía, al desgano, al cansancio, que no le da tregua al tiempo; y que afortunadamente nunca más he abandonado su práctica.

Les garantizo que recuerdo ese día en que llegó Ramzor, tan claro como el primer beso, mi primer amor y hasta el primer muerto que vieron mis pueriles ojos, cuando tenía poco más de 2 años de edad y velaron a mi tío José Antonio en la sala de la casa, no se si por costumbre o por no tener dinero; eso no tiene importancia, es mi recuerdo más antiguo y quizás más inverosímil.

No les puedo explicar por qué lo recuerdo, al igual que cuando nacieron mis dos hijos, tengo la reminiscencia perfectamente fresca de cómo transcurrió ese día, el color del cielo, los olores cercanos, la alegría del ambiente, yo mismo no entiendo por qué, deduzco que mi memoria casi siempre juega a mi favor, soy una persona que pudiera presumir de su retentiva, de casi nunca olvidar nada, de tener remotas evocaciones, incluso que a otros les cuesta creerme que hayan sido verdaderas remembranzas y no producto quizás de una imaginación muy ligera, muy etérea, incluyendo a mi madre entre las incrédulas.

Posiblemente nadie me cree que recuerdo perfectamente el 28 de Julio de 1967 aproximadamente a la 6:30 de la tarde, estaba comiendo de rodillas en el comedor de mi casa, porque a mis escasos 3 años de edad aún no alcazaba la mesa de manera decente, era un comedor grande, de un tipo de madera que no puedo identificar, muy pulida, con sillas tapizadas con una especie de semicuero rojo, que estaba ubicada a la izquierda de la entrada principal del apartamento junto a un mueble de los llamados ceibó, que ni siquiera tengo la certeza de cómo se escribe esa palabra, porque seguramente es un extranjerismo de esos que con más frecuencia de la que creemos adoptamos en nuestro idioma, era igualmente de madera y tenía un gran espejo, que en los días de lluvia, trueno y relámpago lo tapaban con una sábana para que no atrajera los rayos;  yo me ponía muy aprehensivo y papá con su gran paciencia y amor me acompañaba a buscar la sábana y hacía que lo ayudara a colocarla, para darme tranquilidad y seguridad, con su gran sabiduría me enseñaba que no estaba solo, que nunca me abandonaría y que yo jamás debía abandonar a los míos, me decía que siempre estaría conmigo y que yo siempre debía estar con los que amo ¡Aun te siento papá, sigues conmigo!.

Lo cierto es que también puedo recordar unos floreros de cristal soplado, no se si eran de esos de arte murano traídos de Venecia, realmente no lo creo, porque siempre fuimos a Dios gracias, una familia humilde, sin ostentaciones ni lujos, seguramente eran una muy buena y barata imitación, eran unos jarrones también rojos como sillas y muebles y que sus formas imprecisas llamaban la atención de mis ojos, que a los tres años seguramente estaban ávidos de descubrir grafías, signos y colores, era la época de lo sicodélico y creo que el que haya grabado la imagen en mi memoria sólo responde al reflejo y el mensaje que los artistas de esos convulsos años pretendían expresar en sus obras.

Todavía recuerdo esa tarde casi noche, como si todo hubiera ocurrido apenas la semana pasada, estaba comiendo una suculenta arepa frita con un huequito en el centro, lo que podríamos llamar una donuts criolla, untada de mantequilla y coronada con queso rallado, vale decir, no rellena y su respectiva tasa de café con leche, cosa que creo ya no es usual en Venezuela, me refiero a darle café a un niño tan pequeño, pero no era que mi mamá era una descorazonada y monstruosa madre que le daba café a su hijito de 3 años, era que por aquellos días era bastante usual. 

Tarzán nuestro lindo perro negro mestizo, tenía rato muy inquieto, ladrando y rasgando la puerta de la casa para salir y escapar, como habitualmente lo hacía, pienso que por eso nadie notó algo anormal, además hace casi 50 años no existía mucha información de la conducta de los animales prediciendo los sismos.  De pronto comenzó todo a moverse de manera incontrolable, muy fuerte, caían floreros, silla, cuadros, vasos, platos, rodaban las arepas y el café se derramó, habían gritos, llantos y yo impávido, me imagino que con cara de gallina en domingo de sancocho, no sabía que hacer, lo que si puedo recordar con claridad es que no lloré en ningún momento, que no entendía bien lo que estaba sucediendo, que sabía que corría peligro, pero tenía la sensación y la seguridad que nada me iba a pasar, algo me decía que estaba donde debía estar y con quienes tenía que estar. 

Muchos años más tarde he reconocido esa conmoción nuevamente, ese trastorno, ese estremecimiento, hoy he podido identificar que fue lo que sentí en aquel instante en medio de la angustia por el terremoto de Caracas en 1967; porque cuando tuve que enfrentar la más dura noticia que he recibido en mi vida, como fue el asesinato de Ramzor Ernesto, me invadió el mismo sentimiento, sentir el dolor de una pérdida y la incertidumbre de una tragedia, pero teniendo la certeza que soy parte de la familia que siempre quise, la familia que no cambio por nada, la familia que defiendo con mi vida sin hacer preguntas, esta vez tampoco lloré y tuve la misma sensación, que de nuevo estaba donde tengo que estar y con quienes tengo que estar.

 

Boris Bracho